Opinión

Tragar veneno

Foto: Jorge Romero. | 31 Ago 14:06
Foto: Jorge Romero.
Opinión

Tragar veneno

31 Ago 14:06

Por Mike Silvero – @mikeotr

Hay un sentido de comunidad alrededor del fútbol que resalta aún en época de pandemia, de crisis y de depresión como esta que vivimos. Fuimos millones frente a un televisor, pegados a una radio, o con el celular como una extensión de nuestras manos a la hora de un nuevo Cerro-Olimpia, con nuestras esperanzas, con nuestras preocupaciones, con nuestras cábalas y nuestras frustraciones.

Van 26 minutos de juego y en el barrio se escucha más fuerte que cualquier escaso festejo un “¡Kóre!” en forma de reclamo y de descarga, fue después de que Diego Churin malogre un penal. “Para mí no fue penal”, dice el mensaje vía WhatsApp que tiene como remitente a mi viejo, el tipo al que más extraño tener cerca en estas situaciones de tensión, como lo deben hacer todos los que están distanciados de sus seres queridos por estos tiempos raros.

Sé lo que intenta hacer -como cuando era chico y me ponía nervioso al borde de las lágrimas con alguna situación en contra-, darme esperanza. Su mensaje dice entre líneas “hagamos de cuenta que esto no pasó y sigamos adelante”. Todo mientras la sangre hierve y la presión se eleva al ver la reacción del arquero Aguilar ante la ejecución de ‘Diegol’. Hay más mensajes, son de grupos: “Yo le rompo la cara y me voy bien expulsado”, dice uno con el que nos identificamos -casi- todos. Pero quizás no sea la mejor opción.

Aquí podría insertarse la repetida frase de que el fútbol da revancha, pero no es lo que me viene a la cabeza, sino son otras las palabras. Es 2015 y en el desolado vestuario del Olympique de Marsella, después de una derrota ante el siempre discutido PSG, el entrenador Marcelo Bielsa les dice a sus dirigidos una frase que retumba en mi cabeza desde aquel día: “Traguen veneno, acepten la injusticia, que al final todo se equilibra”. Algunos jugadores necesitan traducción para lo que decía aquel rosarino pero el mensaje queda. No se puede cambiar lo que pasó, solo se puede intentar hacer distinto lo que venga después.

Ese Marsella no logró el título ese año y sembró todas mis dudas por un momento sobre este partido, hasta el siguiente mensaje del viejo: “¿Viste lo de Ferrari hoy? Una vergüenza”, dice, cambiando de tema, pensando en el entretiempo, sacandome una sonrisa porque me permite imaginarlo serenandome de mita’i, así como me enseñó que cuando los bebés se inquietan, hay que abrir la canilla y hacerles escuchar algo que les transmita tranquilidad y familiaridad, y que ese ruido de agua corriendo es similar a lo que oyen estando en la panza de la madre.

Poco más de una hora después, Francisco Arce -el mejor técnico del fútbol paraguayo-, se funde en un abrazo con ese 9 que vino sin mucho ruido, que lleva más de 50 goles con esta camiseta y que encontró en estos colores un amor incondicional. “Ni se habló del penal, fue un abrazo de fraternidad”, dijo el ‘Profe’ después. Claro. ¿A quién le importaría lo que sea que haya dicho el arquero rival después de una jugada en la que no tuvo participación directa? Al capitán quizás, pero ese es otro tema.

Churin es el ejemplo del tipo que traga veneno, lo ha hecho durante gran parte de su carrera. De estar predestinado desde las categorías menores de la selección argentina a ser parte de la elite de esos delanteros de área de la albiceleste, a las dificultades propias de la carrera del futbolista y tener que padecer el fútbol del durísimo ascenso del vecino país, analizar la posibilidad del retiro, reinventarse en Chile empujado por sus amigos pateando tiros libres y destapando dos claves de su juego; profesionalismo dentro y fuera de la cancha, y letalidad en el área. Una pelota afuera no iba a hacer retroceder a un tipo que con respaldo, es una bestia de esas que quedan en el imaginario del hincha que lo disfruta y más del que lo sufre.

Hay sensaciones contagiantes; el aplauso aliviado al momento del aterrizaje de un avión en Asunción, el alarido generalizado cuando vuelve la energía eléctrica después de un corte de luz en verano, y un grito de gol de Cerro Porteño. No hay nada igual, ante la imposibilidad de tener al lado alguien para los abrazos, vale la pena quedarse sin voz para arrancar la semana, con los segundos de distancia entre el que escucha por radio, el que lo ve por tele, el que tiene el lujo del HD, y el que ya empieza a gritar antes que la señal de internet le permita ver cómo las manos del intrépido portero se doblan y no pueden desviar lo suficiente la pelota. Es gol de Churín, pero se siente como un gol del pueblo. Era una bomba, iba cargada con la fuerza necesaria de quien tragó veneno y aceptó la injusticia sabiendo que la oportunidad vendría, y que al final todo se equilibraría.

El festejo queda para la foto, por lo icónico y barrial de ser el dueño de ese arco y esa pelota, pero más por cómo lo rodean sus compañeros, como aquellos amigos en Chile, el aprecio de estos hermanos que tiene ahora en Barrio Obrero.

En días de incitación a la violencia y de rumores y más rumores sobre sospechosos métodos para la obtención de cuatro títulos seguidos, que Cerro gane con un penal dudoso hubiese dado pie a mil discursos, a sermones y salmos engorrosos. Que lo haga dominando absolutamente todo el partido y sin atenuantes, lo hace más valioso. Le permite dentro de nuestra realidad sanitaria y económica a mucha gente obtener una bocanada de felicidad, un respiro, ante tanto dato negativo.

Es un partido de fútbol, no hay que olvidar, pero el desahogo y las canciones desde los patios y veredas después del 2-0 construyen la historia de lo que somos y de lo que nunca rehuimos, ser el club del Pueblo, “timbre de orgullo”, desde hace un siglo, cuando otros creían que servía para denigrar. Por vivir así como vivimos es que somos lo que somos, y porque como dijo Marco Aurelio “el verdadero modo de vengarse de un enemigo, es no parecérsele”.

Conociéndome, percibiendo la alegría a la distancia, y ante la posibilidad de algún exceso es que llega el siguiente mensaje desde mi entrañable Villa Elisa. “Partido tranquilo, tendríamos que haber liquidado en el primer tiempo ya”. “Te quiero pa, gracias por hacerme hincha de Cerro”, es la respuesta que merecía para cerrar el domingo.

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