Opinión

Escalera a la esperanza

17 Ago 14:15
Opinión

Escalera a la esperanza

17 Ago 14:15

Por Mike Silvero – @mikeotr

Se estila como un mecanismo de preservación de la amistad, advertir que entre quienes se tienen afecto es mejor no hablar de política, fútbol o religión, porque por lo general la conversación se tornará en una discusión que puede dejar a alguno más maltrecho que otro. Así se han dado desintegraciones de amistades que se podrían haber considerado eternas, o silencios extendidos por lo largo de meses o años, sin una razón real más allá de un intercambio de ideas distintas.

No nos gusta perder, ni siquiera un argumento, principalmente porque en nuestra cultura la derrota está asociada al fracaso. Y el fracaso no es más que una página que hay que dar vuelta y de la cual no sacamos nada productivo. Al menos es así en gran parte del imaginario colectivo. Por eso en el fútbol como en la vida misma, cada día está más sólida la función de ganar como sea, ni siquiera tanto por saborear la victoria como meta obtenida, sino para huir del penoso derrotero de quedarse a un escalón de la cúspide.

A más de 1.000 kilómetros de distancia está un amigo, pero al tiro de los milisegundos de respuesta vía mensajería instantánea. Rompo los códigos tácitos porque a pesar de mi agnosticismo tengo genuina curiosidad sobre un aspecto de sus creencias. “Lo encontré siempre que lo busqué. O mejor dicho él me encontró cuando más lo necesité”, dice Andrés, a quien he escuchado hablar sobre proyectos pasados, presentes o futuros durante los últimos 5 años; en el medio un par de películas hechas en Paraguay, series filmadas entre Colombia y Argentina, y su intención firme de instalarse ya en México o Estados Unidos, donde hace negocios frecuentemente. Un tipo exitoso, que nunca mencionó algo sobre su fe en público, pero está ahí, intacta y creciente.

La respuesta que me dio era en relación a una simple pregunta: ¿Qué representa para vos el Divino Niño? De nuevo la respuesta: “Lo encontré siempre que lo busqué”, y corrige: “Él me encontró cuando más lo necesité”.

Hay una parte de mí que reniega de esto y busca la racionalidad sobre todo. ¿Cómo puede alguien a quien admiro por todo lo que hace creer que ‘fuerzas’ invisibles colaboran o lo socorren ante alguna necesidad? ¿Cómo puede alguien sin tener pruebas ir e insistir con oraciones y asistencia a misa? ¿Cómo puede alguien creer en lo que le establecieron sus progenitores en muchos casos solo por seguir una especie de tradición?

Creo que todos -por lo menos los que leemos este artículo- somos iguales, y que la religión es una manera impuesta de interpretar al mundo, pero también soy yo quien cree que alentando o cantando más fuerte puede “contagiar” de energía a los jugadores, también soy yo el que sin ninguna certidumbre más que una discutible convicción va todas las veces que puede a la cancha, y también soy yo el que nunca ni se cuestionó alentar por los colores que alienta, ¿por qué hacerlo?, si son los que siempre tuvo mi viejo puestos, y los de mis abuelos, y los de mis hijos.

Está siempre latente la posibilidad de que alguien se ofenda leyendo esta nota, por supuesto, solo falta la política para hacer combo completo. Pero no es el punto, todo esto nace de una imagen, repetida y constante ya desde hace unos años en cada conferencia de prensa del mejor técnico del fútbol paraguayo.

Por lo que vimos de su carrera deportiva, me cuesta creer que en ese periodo 1992-2002 en el que pasó de ser una promesa en un preolímpico al mejor lateral derecho del continente, haya requerido ayuda divina. Si Arce hubiese sido folklorista, imaginense a un requintista paraguayo tocando las mejores canciones de samba y bossa, ocupando los principales puestos en las charts de las radios. ‘Chiqui’ convirtió la fastidiosa ‘pelota parada’ en una prominente arma en ataque de Paraguay, y con ello uno de los elementos que harían de la Albirroja la tercera selección más potente de este lado del planeta.

Pero ahí recuerdo a mi amigo Andrés, y quizás ‘Chiqui’ nunca lo buscó, sino que “lo encontró”.

En el barrio de Sajonia, en Asunción, a cuadras del ‘Defensores’ donde Arce se cansó de tirar centros y rematar tiros libres, una pintata reza: “Si estás buscando una señal, esa ya es una señal”. Es dogmático para algunos, enigmático para otros, o simplemente algo tan evidente que no requiere demostrar que sea cierto para los demás.

Una de las historias alrededor del ‘Divino Niño’ se señala sobre la imagen del ‘Santo Niño de Atocha’. En plena invasión arabe en el Siglo XIII, los cristianos terminaron presos y el misterio se generó alrededor de un niño vestido de peregrino que llevaba comida a los penitentes y llamaba la atención por su ropa y sandalias. Cuando corrió la voz de que las mujeres le pedían en sus oraciones a la Virgen María que su hijo interceda por los detenidos, es que se consideró que en la iglesia donde permanecían estatuas de madre e hijo podría estar la respuesta al misterio, lo único que se encontró era que en la figura del niño tenía cada día los calzados más sucios y polvorientos. Una señal.

Sea tras derrota, empate o victoria, Francisco ‘Chiqui’ Arce se predispone a hablar y responder las preguntas de la prensa, a su derecha lo acompaña su santo patrono, San Francisco de Asís, y a su izquierda el ‘Divino Niño’.

Una muestra de fe.

‘Chiqui’ en tanto, es una muestra constante de lo mucho que uno puede aprender de la experiencia. Hoy, es para gran parte de la afición el responsable de un equipo que sin demasiado, construye en su gente confianza y expectativa, pero mirando un poco más en el tiempo puede que Arce sea la piedra fundacional de una manera diferente de encarar proyectos deportivos en Cerro Porteño. Sus ideas vienen de lo que aprendió siendo jugador, de lo que ya absorbió en su primer ciclo como entrenador, de lo que capturó conociendo internamente a los eternos rivales, y de cómo con los que se rodea, se proyecta para el futuro. Arce no es uno más en Cerro, Arce trabaja por un legado, suyo para el club y para los demás a quienes hoy dirige.

La edad y los golpes de una carrera exitosa hacen que subir una pendiente no sea tarea sencilla. “Esperá un rato porque ijetu’ueterei escalera”, dijo el ‘Chiqui’ recuperando el aire segundos antes de su última conferencia de prensa en LNO tras la victoria ante Guaraní.

Y así transcurren sus días hoy, metido en un emprendimiento que es difícil de subir como esa escalera, pero cuyo objetivo final no es solo llegar a la cima, sino tener certeza de que lo que pretende como premio está ahí al final.

Si la fe y el fútbol se parecen queda a cargo de ustedes, pero mi amigo Andrés dice que cuando aparece la “certeza” sobre algo espiritual, es porque deja de existir la duda, la angustia y por sobre todo la desesperanza.

Que hoy tengamos esperanzas en el Cerro del ‘Chiqui’, debe ser una señal.

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